miércoles, 21 de febrero de 2018

San Agustín. El mundo y el tiempo

Posted by Emmanuel Urias on febrero 21, 2018 with No comments
Buenas noches queridos lectores, seguimos avanzando en la historia de la Pedagogía, en particular con San Agustín y veremos la visión del mundo de San Agustín, coincide con Platón en un mundo inteligible, o un mundo de las ideas, pero dice que este es creado por Dios, habla también de la eternidad, si el presente no se volviera pasado o esperaramos un futuro, entonces eso sería la eternidad.


San Agustín

San Agustín. El mundo y el tiempo 

 San Agustín aborda los problemas del mundo natural a propósito de la creación. En cuanto es el ser, Dios es el fundamento de todo lo que es. Por su mutabilidad, el mundo demuestra que no es el ser: ha tenido que ser creado y no ha podido crearlo sino un Ser eterno. Dios lo ha creado todo a través de su verbo que es el Logos o Hijo, y contiene en sí las ideas o razones inmutables de las cosas. Contra Platón, que situaba las ideas en un mundo inteligible, diverso de Dios, San Agustín objeta que en tal caso Dios carecería de razón porque tendría la razón fuera de sí. Las ideas están, pues, en la razón divina, o sea, en el Logos. San Agustín las identifica con las razones seminales de que hablaban los estoicos. Estas razones seminales explican por qué la creación, aún siendo un acto único e indivisible, produce sus efectos sucesivamente en el tiempo. Por ejemplo, Dios ha creado la Tierra, es decir, la materia de que se compone el cuerpo humano; pero la tierra tenía, ya en sí la capacidad de producir el cuerpo humano, del mismo modo, como el germen tiene en sí la capacidad de producir una planta.

La tierra, en la cual se hallan las razones seminales (o sea los gérmenes) de todas las cosas naturales, es, según San Agustín, la materia informe de la que hablaban Platón y los neoplatónicos. Interpreta la palabra de la biblia de que Dios en el principio "creo los cielos y la tierra" en el sentido de que las dos primeras creaciones fueron por una parte el mundo celeste e inteligible, y por el otro, la materia informe en cuyo seno debían formarse luego las cosas naturales.

Y las cosas naturales, precisamente por haberlas querido Dios así como son, son todas buenas de por sí, todas ellas ostentas en sí una cierta huella divina y todas son Ser, Conocer y Querer (Esse, nosse, velle) como nosotros mismos, pero con un diverso y a menudo mínimo grado de claridad. La creación entera refleja la perfección divina con diversos grados de fulgor, porque, en último análisis, todo proviene de Dios.

Tampoco las almas humanas, según la teoría del traducianismo que San Agustín profesó durante largo tiempo, son creación directa de Dios, sino que son generadas por las de los progenitores (de esta forma se explica que el pecado de Adán y Eva haya debilitado la voluntad de todos sus descendientes volviéndolos incapaces de reconquistar la plenitud de su libertad si no es con el auxilio de la gracia).

Algunos Padres de la Iglesia, por ejemplo, Orígenes, consideraban la creación del mundo como eterna, pues de lo contrario implicaría una mudanza de la voluntad divina. San Agustín plantea el problema ¿Qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra? y responde que antes de la creación no existía el tiempo, porque también el tiempo ha sido creado junto con el mundo: por consiguiente, no había un antes, y no tiene sentido preguntar qué hacía antes Dios. La eternidad está más allá del tiempo y es la vida divina misma en cuanto es siempre, inmutable, igual a sí misma.

Pero, ¿qué es el tiempo?. Cierto, no es una realidad permanente. El pasado es tal, porque ya no es, el futuro es tal, porque todavía no es; y si el presente no se transformara continuamente en pasado no habría presente, sino eternidad. Sin embargo, logramos medir el tiempo, puesto que hablamos de un tiempo largo o breve. ¿Cómo o donde, lograremos efectuar esa medición?. Responde San Agustín: en el alma. Conservamos la memoria del pasado y estamos en espera del futuro. El pasado ha dejado de ser, pero se queda en su memoria; el futuro, todavía no es, pero hay la espera del futuro; el presente se desvanece a cada instante, pero en el alma perdura la atención a las cosas presentes. La realidad del tiempo está en la distensión  del alma, en la conciencia del hombre, en la continuidad de la vida espiritual que conserva en sí el pasado y tiende hacia el porvenir. El tiempo no tiene otra realidad que la de la vida interior del hombre, de la misma forma como la eternidad no es real sino como la vida de Dios.

Bibliografía

"N. Abgano, A. Visalberghi. (Ed.). (1964). Historia de la Pedagogía, Turín, Italia Editorial Fondo de cultura económica Pag, 146-147"

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