lunes, 30 de octubre de 2017

San Agustín: El hombre

Posted by Emmanuel Urias on octubre 30, 2017 with No comments
Buenas tardes queridos lectores, el día de hoy continuaremos viendo la vida y obra de San Agustín, en esto que es la historia de la pedagogía, veremos en este post, como San Agustín ve la relación del hombre con Dios y como debería de ser.


San Agustín

San Agustín. El hombre

Por su misma naturaleza el hombre está ligado a Dios. Dice San Agustín: si fuéramos animales podríamos amar solo la vida carnal; si fuéramos árboles podríamos amar solo lo que no tiene movimiento ni sensibilidad. Pero somos hombres, creado a imagen de Dios y por lo tanto, podemos amar la verdadera eternidad, la eterna Verdad, el eterno y verdadero Amor. El que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios significa que sus actividades fundamentales corresponden a las personas divinas. Memoria, inteligencia y voluntad, las tres facultades del hombre, corresponden a las tres personas de la Trinidad divina y así como éstas constituyen una sola sustancia, así las tres facultades constituyen un alma única.



Pero de la misma forma como el hombre puede buscar y amar a Dios, puede también alejarse de Él. Pero como Dios es el Ser, la Verdad y el Amor, el hombre que se aleja de él, aleja de él éstas tres cosas y cae en el pecado. Por tanto, al hombre se le presenta continuamente la siguiente alternativa: vivir según la carne y debilitar o romper la relación con Dios, cayendo en el pecado; o vivir según el espíritu, afianzando la propia relación con Dios, y prepararse a participar en su misma eternidad. La primera elección no es una verdadera elección, sino más bien la renuncia a elegir.

Esta renuncia es la verdadera causa del pecado, y por eso no es una causa positiva, sino negativa; es una falla de la voluntad, una defección, una huera (vano, insustancial) soberbia. En vano se buscará la "causa eficiente" de la voluntad perversa: no existe; la voluntad perversa solo tiene una "causa deficiente".

En La ciudad de Dios, San Agustín, ante las catástrofes que afligen a la romanidad tardía, como el saqueo de Roma por los godos de Alarico (410), busca una explicación de las vicisitudes históricas y las encuentra justamente en su teoría del mal y del pecado. El amor de sí mismos que mueve a los hombres y sobre el cual se funda el estado o "ciudad terrena" no es un mal en sí, pero se convierte en un mal e implica la ruina cuando lleva su osadía hasta el "desprecio de Dios".

Por el contrario, quien respeta la jerarquía de los valores y sabe llevar El amor de Dios hasta el desprecio de sí, se convierte por ello en ciudadano de La ciudad de Dios, la comunión ideal de los buenos, es decir, de los participantes de la gracia divina.

En efecto, si el hombre recibe de Dios todas sus posibilidades naturales verdaderamente no puede hacer nada en el campo de la verdad y el bien si no es con la ayuda que Dios le ofrece gratuitamente, es decir, con la gracia. San Agustín sostiene este punto sobre todo en su polémica con Pelagio, monje bretón que había sostenido la capacidad del hombre de obrar virtuosamente, y por tanto de salvarse incluso sin la gracia divina.

Pelagio consideraba que incluso ni el pecado original había debilitado radicalmente la libertad propia del hombre y por tanto su capacidad de obrar el bien. A este propósito, San Agustín afirmaba, por el contrario, que, con Adán y en Adán, la humanidad entera había pecado, convirtiéndose en una sola "masa condenada", de la cual ningún miembro podía sustraerse al justo castigo, si no era  por la misericordia y gracia divina. Por lo tanto, reconocía que Dios predestina a la salvación solo a ciertos hombres mientras condena a todos los demás, consecuencia harto rigurosa que la misma iglesia católica mitigó posteriormente. Sin embargo, el principio afirmado a éste propósito por San Agustín es el de la no oposición, antes bien, de la coincidencia, entre la libertad humana y la gracia de Dios porque esa libertad es ya el fruto de una relación del hombre con el Ser, con la Verdad y con el Amor, o sea, con Dios.


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