lunes, 23 de octubre de 2017

San Agustín. Dios y el Alma

Posted by Emmanuel Urias on octubre 23, 2017 with No comments
Buenas tardes queridos lectores, vamos a continuar estudiando a San Agustín, decía que el solo quería aprender de Dios y del alma y nada más, aquí veremos lo que el encuentra y escribe en su libro Soliloquios, el argumenta en contra de los escépticos que dudan de cualquier verdad, pero, si dudamos de la verdad, estamos seguros de que dudamos y en eso se traduce que tenemos la certeza de que estamos vivos y pensamos, pero veamos este resumen de lo que San Agustín nos dejó hablando de Dios y el alma

San Agustín. Dios y el Alma


San Agustín. Dios y el alma

Al empezar los Soliloquios, una de sus primeras obras, San Agustín declara: "Quiero saber de Dios y el alma. ¿Y nada más? Nada más, en absoluto." Y tales son realmente los términos hacia los cuales se dirige, desde el principio, hasta el fin, su búsqueda. Al mundo de la Naturaleza San Agustín volvió la atención solo ocasionalmente y a propósito de problemas concernientes a la naturaleza de Dios y el alma.

Pero Dios y al alma, son para San Agustín los objetos de dos indagaciones paralelas e independientes. Dios, en efecto, se manifiesta solo al alma, en la más recóndita intimidad del alma misma. Buscar a Dios significa recogerse en sí mismo y conocerse como lo que se es, confesarse. La actitud de la confesión, que da origen a la más famosa de las obras agustinianas, es en realidad la actitud fundamental y constante de San Agustín. No solo consiste en describir las vicisitudes de la propia vida externa e interna, sino también y sobre todo en resolver los problemas que surjan de la vida interior del hombre.

Ahora bien, la confesión, el replegarse del alma sobre ella misma conduce al alma a Dios. Pues que Dios es verdad, el hombre encuentra la primer verdad fundamental dentro de sí, es decir, en su alma. En efecto, se puede dudar de todo y antes bien, como pretendían los escépticos, se debe dudar. Pero quien duda de la verdad, tiene certeza de que duda, es decir, de quien vive y piensa, o sea que en la duda misma alcanza una certidumbre que lo sustrae a la duda y lo refiere a la realidad. El hombre no podría dudar, si no tuviese en sí la verdad, que la duda misma le revela y confirma. Y la verdad es Dios. De ahí la famosa admonición de San Agustín: "No salgas de ti, vuelve a ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad; y si encuentras mudable tu naturaleza, trasciéndete también a ti mismo".

La verdad está en el hombre, pero no es el hombre; se halla por encima del hombre, quien para encontrarla debe trascenderse a si mismo. Por tanto, la verdad no es siquiera la razón humana, sino la ley de la razón, es decir, el criterio de que la razón se sirve para juzgar las cosas. Si la razón es superior a las cosas de las cuales juzga, la ley de la razón es superior a la razón misma. Así como el juez humano puede juzgarlo todo menos la ley misma sobre la base de la cual juzga, así la razón, que todo lo juzga, no puede juzgar la verdad de todos y cada uno de sus juicios.

Se ha dicho que esta verdad es Dios mismo; más exactamente, es Dios como Logos o Verbo, es decir, es Cristo Hijo de Dios. El padre es el Ser, el espíritu Santo es el Amor. Dios es Ser, Verdad y Amor.

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