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  1. Aristóteles: La metafísica

    miércoles, 16 de agosto de 2017

    Ya hemos hablado anteriormente de algunos aspectos relevantes de Aristóteles, hoy toca el turno a la filosofía primera, es decir, a la metafísica parte medular de toda la obra de Aristóteles, el es estudio del ser cuanto ser, de los objetos, de las sustancias, etc. Veamos pues lo que nos tiene que decir Aristóteles con respecto a la metafísica y les dejo los links para el repaso de los temas anteriores.


    Aristóteles: La metafísica

    El estudio del ser en cuanto ser, es decir, la filosofía primera o metafísica no es pues, solo el estudio de lo óptimo o lo perfecto, como para Platón, sino el estudio de cualquier cosa en cuanto es, o sea de la sustancia de cualquier cosa. La sustancia de una cosa es pues lo que esa cosa es necesariamente, y que no podría no ser sin dejar de ser también esa cosa. El juicio. "Sócrates es un hombre" no puede negarse, sin que Sócrates deje de ser Sócrates, puesto que no puede ser al mismo tiempo Sócrates y no hombre. Pero la sustancia de Sócrates, no esta solamente en su ser hombre, sino en el ser este hombre determinado por una suma de otros elementos. Es decir, la sustancia propiamente dicha o sustancia primera, se identifica con un determinado ser real; en nuestro ejemplo la especia "hombre" es "sustancia segunda", y lo mismo sería, si bien en un modo más atenuado, el género "mamífero"; por el contrario "en las sustancias primeras ninguna es más sustancia que otra". Dios es sin duda el más excelso de los seres; pero es sustancia precisamente en el mismo sentido que todos los demás seres. O sea, que los seres, antes de tener un valor cualquiera que los distinga entre sí y los subordine los unos a los otros, tienen un valor fundamental idéntico y común: el valor de la sustancias.

    Ahora bien, la sustancia es el objeto propio de la ciencia. Lo que la ciencia busca en las cosas es precisamente la sustancia que permita responder a la pregunta ¿qué cosa?. Por consiguiente, todas las ciencias en cuanto estén dirigidas a la búsqueda y la definición de la sustancia tienen igual valor y dignidad. En efecto, el objeto que persiguen no es más alto para algunas, ni más bajo para otras, sino que es siempre el mismo, la sustancia.

    Por tanto, Aristóteles ha justificado el valor de la investigación científica en el sentido más amplio del término, evitando que quede fuera de ella la indagación orientada hacia el mundo natural. Pero con ello, ha justificado también su actitud de investigador infatigable, curioso de todos los aspectos de la realidad y dispuesto a ocuparse de las más insignificantes manifestaciones del ser. La metafísica aristotélica eliminó definitivamente el prejuicio, aun predominante en el platonismo, contra la investigación empírica de la naturaleza.

    A la sustancia deben referirse todos los significados de la palabra ser. Según Aristóteles cualquiera que sea el sentido en que se utilice esta palabra, si es legitimo, nos encontraremos ante un aspecto o una manifestación de la sustancia. Las cosas compuestas tienen una forma que imprime un carácter particular al conjunto de los elementos que las componen y que es diverso del de cada uno de los elementos componentes; estos mismos elementos, por otra parte, constituyen la materia de la cosa compuesta. Por ejemplo, en una esfera de bronce la esfericidad es la forma, el bronce la materia; el artista que construye la esfera de bronce en realidad no crea ni el bronce ni la esfericidad, que son entrambos preexistentes a la obra y que, según Aristóteles, no nacen, no mueren y son eternos. En cambio, la esfera de bronce nace y muere, o sea, esta determinada esfera que el artista construye y que puede destruir de igual modo.

    Esa esfera es pues un compuesto (o sinolón) de materia y forma, y está sujeta al devenir y, por lo mismo, al nacer y al morir. El sinolón es la sustancia primera, y la forma (esfericidad) la sustancia segunda. En modo menos apropiado se llama a veces sustancia también a la materia (bronce) para que Aristóteles emplea el termino sustrato.

    En correspondencia a la distinción entre materia y forma Aristóteles establece otra entre acto y potencia. Esta distinción tiene por objeto hacer inteligible el movimiento que, según los eleáticos, era irracional, y por lo tanto, irreal. Según Aristóteles el devenir sería irracional si, como pensaban los eleáticos, consistiese en pasar del no ser al ser y viceversa; semejante paso es, efectivamente imposible porque, de la nada, nada puede surgir y porque el ser no puede reducirse a nada. Según Aristóteles, el devenir es, por el contrario, un paso de lo que es en potencia a lo que es en acto: el ser en potencia no es la nada sino cabalmente la potencia, o sea la posibilidad de producir el ser en acto. Por ejemplo, la semilla es la planta en potencia, el niño es el hombre en potencia, etc. El acto no es otra cosa que la realidad plena y entera del ser, puesto que la potencia no es más que la simple capacidad de producir tal ser. Por eso, Aristóteles dice que el acto precede a la potencia: el niño no puede nacer, sino de un hombre ya adulto, que lo precede; la semilla no puede nacer sino de la planta, etc. A la pregunta jocosa que a veces se hacer sobre que fue primero, el huevo o la gallina, Aristóteles respondería: la gallina. El paso gradual de la potencia al acto Aristóteles lo denomina movimiento en general o devenir; el término conclusivo de este paso (por ejemplo, la planta en su forma perfecta) es llamado por Aristóteles acto final (o entelequía).

    Forma y materia, acto y potencia, explican el devenir y constituyen según Aristóteles sus dos causas principales. Se pueden distinguir otras dos causas del devenir: la causa eficiente, que es lo que inicia el devenir, y la causa final, que es el fin del devenir mismo. Por ejemplo, en el caso de la esfera de bronce fabricada por un artífice, el artífice mismo es la causa final. La esfericidad y el bronce son, evidentemente la forma y la materia. En las obras como ésta, debidas al hombre, la causa eficiente se puede distinguir de la materia y la causa final de la forma, puesto que el bronce no puede asumir por sí mismo la forma esférica, sino que necesita de la obra del artífice (causa eficiente) y del fin que éste tiene en la mente. Por el contrario, en el producir y las mudanzas naturales, la causa eficiente y el fin de identifica con la forma: la planta es, a un tiempo, causa, forma eficiente y fin de la transformación de la semilla.

    Todos los movimientos que se observan en la naturaleza (entendiendo la palabra "movimiento" toda forma de transformación, mudanza y producción) van de una materia a una forma. A menudo lo que es forma (es decir, punto de llegada) para un movimiento, se convierte en materia (o sea, punto de partida) de un movimiento ulterior. Por tanto, una misma cosa puede considerarse materia desde el punto de vista del movimiento que se inicia y forma desde el punto de vista del movimiento que en ella termina. Ésta cadena supone dos términos extremos, de acuerdo con Aristóteles. Por una parte, supone una materia pura o, como dice Aristóteles, materia prima, que sea pura potencia, absolutamente desprovista de determinaciones. Esta materia prima, no debe confundirse con lo que llamamos comúnmente materia, es decir, el fuego, el agua, el bronce, etc., que no son pura materia porque tienen ya una determinación cualquera por la cual nos distinguimos y damos a cada uno de ellos un determinado nombre. La materia prima, es absolutamente indeterminada, como tal no se puede conocer y ni siquiera indicar con un nombre; es más bien un concepto límite que se admite como principio hipotético de todo devenir. En cuanto a la forma pura, o el acto puro, es la sustancia mas alta del universo, la sustancia inmóvil, objeto de la teología.



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