viernes, 25 de agosto de 2017

Aristóteles: La Biología y la Psicología

Posted by Emmanuel Urias on agosto 25, 2017 with No comments
Buenas noches, seguiremos recorriendo la obra de Aristóteles,  y ahora toca el turno a la biología y la psicología. Les dejo el índice de los temas ya vistos

Aristóteles: La Biología y la Psicología

La perfección del mundo, que es el supuesto de toda la física aristotélica, implica la estructura finalística del mundo mismo. Es decir, implica que en el mundo, todo tiene un fin. La consideración del fin es esencial para toda la física aristotélica. Como hemos visto para Aristóteles, el movimiento de un cuerpo no se explica si no es admitiendo que tiende naturalmente hacia su lugar natural: la tierra tiende al centro, y los otros elementos tiendes a su respectiva esfera. El lugar natural de un elemento se determina por el orden perfecto que guardan las diversas partes del universo. Alcanzar ese lugar, y por lo mismo mantener y garantizar la perfección del todo. He ahí el fin de todo movimiento físico. Ya en la ley fundamental que explica los movimientos de la naturaleza se halla presente la consideración del fin. Pero el fin es todavía mas evidente en el mundo biológico, es decir, en los organismos de los animales: se explica pues, la preferencia de Aristóteles por las investigaciones biológicas a las cuales dedicó gran parte de su actividad.

Con la teoría de la sustancia, la Metafísica de Aristóteles llega a reconocer el mismo valor a todas las disciplinas científicas, sea que tengan por objeto las sustancias más altas (como Dios o las inteligencias motrices de los cielos), sea que se ocupen de las sustancias mas bajas (por ejemplo, los animales inferiores). La razón de esto es que la indagación científica no puede tener otro objeto que las sustancias, y que tan sustancias son Dios, las inteligencias motoras y los hombres como los animales más ínfimos de la naturaleza. Antes bien, Aristóteles llega a decir que el estudio de las sustancias inferiores, o sea, de las plantas y los animales, es más proficuo  (qué es provechoso) desde el punto de vista científico, puesto que las sustancias superiores y divinas en verdad poco puede saberse, en cuanto para ellas no se dispone del apoyo de la experiencia sensible, sin la cual, no puede proceder el conocimiento. Por el contrario, ese apoyo es más amplio y extenso en el conocimiento de las sustancias inferiores y por lo tanto, puede progresar mucho más y convertirse en fuente de profundas satisfacciones para el científico, si lo que éste se propone es descubrir en tales sustancias precisamente lo que las hace sustancias, es decir, el orden y la unidad de las partes.

Con este programa Aritotéles emprende el estudio del mundo animal. Preguntar por la sustancia equivale a preguntar por el orden y la unidad que presentan las partes de un todo y significa percibir de ese todo el fin a que apuntan las diversas partes. La consideración finalística se halla estrechamente ligada a la consideración de la sustancia. Sin embargo, Aristóteles no llega al punto de considerar que pueda asignarse un fin a todos los fenómenos de la naturaleza. Dice en la Física: "Zeus no hace llover para que crezca el grano, sino por necesidad: los vapores ascendentes deben enfriarse y, una vez fríos, mudarse en agua y caer". Con todo, en la estructura general de los fenómenos está siempre presente un fin, y Aristóteles estima que las causas mecánicas están siempre al servicio de las causas finales y constituyen el instrumento de éstas.

El grandioso conjunto de investigaciones y la obra admirable de clasificación realizados por Aristóteles en el campo biológico, despiertan aun hoy admiración, entre otras razones, porque el filósofo se anticipó en muchos aspectos a la moderna ciencia biológica. Por otra parte, su mentalidad apriorística lo llevó con frecuencia a contentarse con observaciones generales o conjeturas arbitrarias; por ejemplo, sostiene que el centro de la vida psíquica es el corazón, y atribuye al cerebro la simple función de órgano para enfriar la sangre, contra la opinión más próxima a la verdad que ya entonces sostenían otras autoridades.

Por el contrario, su creencia en la generación espontánea de animales inferiores en el fango y el agua cenagosa coincide con la opinión corriente de su época. Pero estos y otros errores no le restan mucho al mérito de haber sido, no solo el primero sino el más grande observador del mundo viviente en la antigüedad clásica.

También la psicología es para Aristóteles una parte de la física: en efecto, el alma, que es su objeto, es una forma incorporada a la materia. El alma se define como "el acto (entelequia) primero de un cuerpo natural que posee la vida en potencia". Esto significa que el alma es el fin que el cuerpo tiende a realizar, la función que el cuerpo debe de cumplir. Así como la función de un hacha es cortar, así la función del cuerpo es vivir y pensar; y el acto de esta función es el alma, la cual, por lo tanto, se considera ya no como una realidad de por sí como en Platón, sino como la forma del cuerpo.

Aristóteles distingue en el alma tres funciones fundamentales:

  • La función vegetativa, que preside la nutrición y la reproducción y es propia de todos los seres vivientes, inclusive de las plantas.
  • La función sensitiva, que preside la sensibilidad y el movimiento y es propia de los animales y del hombre;
  • La función intelectiva, que es exclusiva del hombre.
Las almas con las funciones más altas poseen, necesariamente, también las funciones inferiores; en el hombre, el alma intelectiva cumple también las funciones vegetativa y sensitiva.

La función vegetativa es estudiada por Aristóteles en los libros de biología, que tratan comparativamente de los animales y del hombre. Por consiguiente, la psicología debe ocuparse solo de la función sensitiva y la función intelectiva. Por lo que se refiere a la primera, Aristóteles admite, además de los cinco sentidos que transmiten sensaciones particulares (colores, sonidos, sabores, etc), un sensorio común que permite distinguir entre las sensaciones transmitidas por diversos órganos, por ejemplo, lo blanco de lo dulce, del mismo modo como cada sentido nos permite distinguir entre las sensaciones que le competen, por ejemplo, lo blanco de lo negro, lo dulce de lo amargo. De los sentidos se distingue la fantasía, que nos entrega imágenes símiles a las sensaciones. La fantasía no se acompaña con la creencia en la realidad del objeto imaginado, y en eso se distingue de la opinión.

El funcionamiento del intelecto es análogo al de la sensibilidad y es condicionado por ésta. El alma intelectiva recibe las imágenes así como los sentidos reciben las sensaciones. su tarea es juzgarlas verdaderas o falsas, buenas o malas, y a medida que las juzga aprobarlas o desaprobarlas, apetecerlas o rehuirlas . El funcionamiento del intelecto está pues condicionado por la fantasía, que le proporciona el contenido sobre el cual ejerce su capacidad de juicio. "Nadie -dice Aristóteles- podría aprender y entender nada si no aprendiera nada a través de los sentidos; y todo aquello que se piensa se piensa necesariamente en imágenes."

De la sensación a la fantasía y de la fantasía al intelecto hay, pues, un proceso continuo en virtud del cual pasamos de la aprehensión de las formas sensibles de los objetos a la de sus formas iteligibles. Pero Aristóteles cae con justicia en la cuenta de que no se trata de un proceso durante el cual nuestra psique permanece pasiva, como una tablilla de cera sobre el cual se graban, así sea transformados, los datos externos de los sentidos. Verdad es que el filósofo recurre a la imagen de la tablura rasa (tabla lisa) para representar la función del intelecto como pura potencialidad de recibir cualquier impresión (intelecto pasivo o posible, es decir, potencial), pero al mismo tiempo se preocupa por integrarla subrayando que el intelecto tiene también una función activa. Antes bien, habla de dos intelectos, uno pasivo y otro activo o actual que tendría ya en sí las nociones verdaderas y actuaría sobre el otro determinando el paso de la potencia al acto de las formas inteligibles que corresponden a las experiencias sensibles particulares.

Al parecer, Aristóteles fue inducido a tales conclusiones por su principio metafísico general, según el cual el acto debe preceder a la potencia; por consiguiente, incluso en el conocimiento no se puede llegar a conclusiones verdaderamente nuevas, así como en biología no puede darse un ser viviente que se convierta en algo diverso de la actualidad ya verificada en quien lo ha generado.

A la invariabilidad biológica corresponde pues en Aristóteles una especie de invariabilidad cognoscitiva: el intelecto activo contiene en sí todos los conocimientos ya realizados, y los procesos particulares del conocer no pueden rematar en otra cosa que no sea el volver explícitas en nosotros formas inteligibles ya fijadas y determinadas. Pero es evidente, que el intelecto activo, así concebido, no puede ser individual, pues de otro modo lo conoceríamos ya todo sin necesidad de experiencia; se trata más bien de algo universal en lo que participamos fragmentariamente en los momentos en que nos vienen nuevas intuiciones intelectuales, algo que es en sí "separado, impasible y sin mezcla" como la mente divina en Anaxágoras.

Hasta aquí el post. Espero que haya sido de su agrado y de su utilidad, a todos los estudiantes que están empezando con la filosofía, pueden hacer cualquier comentario, +1, compartir, o dar clic en algún anuncio que sea de su interés, en el próximo post hablaremos acerca de la Ética aritotélica

Bibliográfia

"N. Abgano, A. Visalberghi. (Ed.). (1964). Historia de la Pedagogía, Turín, Italia Editorial Fondo de cultura económica Pag, 94-96"

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