lunes, 9 de octubre de 2017

Filosofía y cultura Helenístico-Romana: El Neoplatonismo

Posted by Emmanuel Urias on octubre 09, 2017 with No comments
Buenas tardes queridos lectores, el día de hoy, seguiremos viendo la historia de la pedagogía y toca el turno al neoplatonísmo, la última de las manifestaciones importantes de la cultura helenístico-romana, ya entrando en la nueva era.


  • El estoicismo
  • El epicuérismo
  • El escepticismo
  • El eclecticismo 
  • El neoplatonísmo.

  • El neoplatonismo

    La última y mayor manifestación del platonismo en el mundo antiguo, el neoplatonismo, es también el primer ejemplo de escolástica (Movimiento filosófico y teológico que intentó utilizar la razón), es decir, de aquella filosofía que, como hará la filosofía de la Edad Media, utiliza determinadas filosofías o corrientes filosóficas con fines religiosos. El fundador del neoplatonismo es Ammonio de Sacas, que vivió entre 172 y 242, enseño en Alejandría y no escribió nada. Por consiguiente, el verdadero autor del neoplatonismo es Plotino, quién nació en Licópolis, Egipto en 203 y murió en Campania a los 63 años. Plotino enseñó en Roma donde tuvo muchos seguidores. Su discípulo, Porfirio de Tiro (nacido en 232; fallecido en 305) ordenó los escritos del maestro en seis Eneadas, es decir, libros, de nueve partes cada uno. Porfirio es además, autor de una Vida de Plotino, de una Vida de Pitágoras y de una Introducción a las categorías de Aristóteles que es un comentario a la obra aristotélica.

    Amonio de Saccas (175-242)


    Plotino acentúa en grado extremo la trascendencia de Dios, a quien entiende como el Uno absoluto, superior a todo y por lo mismo indescriptible en los términos de la realidad que conocemos. Toda realidad proviene de Dios mediante un proceso de emanación semejante a aquél por el cual la luz se difunde en torno a  un cuerpo caliente y el olor en torno a un cuerpo oloroso. La emanación es siempre, necesariamente, degradación, de manera que, mientras mas se aleja del Uno, mas imperfecta se vuelve, del modo en que la luz se vuelve menos luminosa mientras mas se aparta de su fuente.

    Primera emanación del Uno es el intelecto, que Plotino concibe, al igual que el Logos de Filón, como sede de las ideas platónicas. El segundo grado de la emanación es el alma del mundo que por un lado se vuelve hacia el intelecto del que proviene, mientras por el otro se vuelve hacia el mundo por ella gobernado y regido. Dios, el intelecto y el alma constituyen el mundo inteligible, ante el cual está el mundo sensible creado por el intelecto, dominado y gobernado por el alma y del cual forma parte la materia, concebida por Plotino como un elemento negativo, o sea, privado de realidad y bien. La materia se halla en el grado más bajo de la escala, cuya cima es Dios; es como la oscuridad que empieza donde termina la irradiación de luz.

    Plotino (204-270)
    El hombre debe remontar esta escala hasta identificarse con Dios. La primera condición de este ascenso es la virtud. Un grado ulterior es la contemplación de la belleza, en la que esplende la luz divina. Grado más alto es la filosofía. Pero ni siquiera la filosofía puede llevar al hombre hasta Dios, porque es fruto de la inteligencia y en la inteligencia el sujeto pensante está siempre separado del objeto pensado, lo cual significa que no se logra la unidad. La unión con Dios no es ni siquiera una visión, es éxtasis, es decir, despersonalización y entrega absolutas. Es una condición que solo raramente se alcanza. Según testimonio de Porfirio, en los seis años que pasó con su maestro Plotino éste logró el éxtasis solo cuatro veces.

    Hipacia (370-415)
    Se comprende que en la filosofía, en la que el mundo natural no es más que un punto de partida o apoyo para ascender hacia Dios, la investigación científica sea tenida en poca consideración. Sin embargo, no estaba del todo ausente, si bien tuvo un carácter de recopilación y se la subordinó a significados simbólicos o religiosos, de forma que no dio pie a nuevos descubrimientos. Sabemos que Hipacia, la mujer que enseñó en la escuela platónica de Alejandría y que en 415 cayó víctima del fanátismo de la plebe cristiana, escribió un comentario a la aritmética de Diofanto (siglo III d.C.), obra muy importante, en gran parte original, que luego ejerció la máxima influencia sobre el desarrollo del álgebra entre los árabes y sobre la moderna teoría de los números (Hipacia era hija del matemático Teón de Alejandría, editor de los Elementos y la Óptica de Euclides y comentador del Almagesto de Ptolomeo).

    El último gran neoplatónico fue Proclo que nació en Constantinopla en 410, vivió y enseñó en Atenas hasta su muerte (485). De él nos han llegado comentarios y varios diálogos platónicos, amén de dos escritos: Instituciones de teología y Teología platónica. Proclo es notable como sistematizador escolástico del neoplatonismo. La parte mas interesante de su doctrina es la ilustración de aquél principio triádico fundamental para el concepto neoplatónico de la emanación. El proceso de la emanación supone que su causa, o sea Dios, permanece inmóvil en su perfección. Supone también que la cosa emanada vuelva a su origen, es decir, vuelva a unirse con su causa. En el proceso de la emanación Proclo distingue pues, tres momentos:
    • La permanencia inmutable de la causa en sí misma
    • La procedencia del ser emanado de su causa y por consiguiente su separación de ésta y al mismo tiempo su persistente unión con ella por la semejanza que con ella tiene.
    • El retorno o conversión del ser emanado a su causa. El tal modo, el principio y término de la emanación coinciden: la causa primera es también el fin del proceso entero.
    Es evidente como el neoplatonismo intenta reconciliar dos exigencias opuestas: la intelectual, de concebir a Dios como perfecto y cerrado en sí mismo, y por tanto, ni creador, ni agente, ni en contacto con el mundo, y la religiosa de establecer una relación entre el mundo y Dios, sobre todo entre el hombre y Dios. Emanación y Éxtasis serían los medios de la verificación de tan ansiada unión sin quitar nada a la beata y perfecta autosuficiencia divina. Como veremos más adelante, el cristianismo reflejó profundamente los planteamientos neoplatónicos, no obstante que su concepto de perfección fuera totalmente diverso del griego, estático y contemplativo.

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