viernes, 18 de agosto de 2017

Aristóteles: La teología

Posted by Emmanuel Urias on agosto 18, 2017 with No comments
Buenas tardes queridos lectores, el día de hoy seguiremos estudiando a Aristóteles, ahora con lo que se refiere a la Teología. Veremos las sustancias inmóviles y las sustancias móviles. Trataremos de explicar el movimiento eterno y continuo entre otras cosas. Espero sea de utilidad y les dejo el enlace de los temas que engloban la obra de este gran filósofo.


Aristóteles

Aristóteles: La teología

Aristóteles divide las sustancias existentes en dos grandes clases: las sustancias inmóviles que los sentidos no perciben y sólo son conocidas por la inteligencia, y las sustancias en movimiento que son sensibles. Las sustancias en movimiento constituyen el mundo físico y por tanto son objeto de la ciencia física. Las sustancias inmóviles o inteligibles son las divinas.

La existencia de una sustancia inmóvil se demuestra por la necesidad de explicar la continuidad y eternidad del movimiento del cielo. El movimiento eterno, continuo, uniforme del primer cielo (el más alejado de la tierra), del cual dependen los movimientos igualmente eternos, uniformes y continuos de los otros cielos, debe tener una causa, es decir, presupone que hay algo que lo mueve, un motor. Pero a su vez, este motor no puede ser movido, pues de otro modo, su movimiento debería tener como causa otro motor; y si éste a su vez se moviese necesitaría otro motor más y así al infinito. Por consiguiente, el motor del primer cielo debe ser un primer motor inmóvil, y como tal, debe ser acto sin potencia, acto puro, más como la potencia es materia, el motor es también forma sin materia, es decir incorpóreo.

Pero ¿como puede mover un motor que es de por sí inmóvil? Según Aristóteles mueve no como causa eficiente, es decir, comunicando un impulso, sino como causa final, o sea, comunicando deseo o amor de su propia perfección. En efecto, el primer motor, en cuanto acto puro, es perfección absoluta, porque es realidad perfecta a la que no falta nada. Y determina el movimiento del primer cielo de igual modo como el objeto amado, aún pereciendo inmóvil, determina el movimiento del amante hacia sí.

A esta sustancia inmóvil, que es también el bien más alto y la máxima perfección, debe pertenecer evidentemente el género de la vida más excelso. Ahora bien, la mejor vida es la de la inteligencia, a la que el hombre se eleva sólo por breves periodos; por tanto, la vida de la inteligencia es la propia de la sustancia inmóvil, que la goza continua y eternamente. Sin embargo, la inteligencia divina no puede tener un objeto diverso de ella misma, que sería por lo demás un objeto inferior (por ser ella la perfección misma); por tanto, no puede tener más objeto que sí misma. El pensamiento de Dios, es pensamiento del pensamiento, y como tal es la vida más perfecta y feliz.

Dios es pues, para Aristóteles, el motor del primer cielo. Pero Aristóteles considera que el razonamiento que demuestra la existencia de Dios se puede repetir aplicándolo a todos los otros cielos. En efecto, los movimientos de los otros cielos son tan continuos y eternos como el primero y por tanto presuponen otros tantos motores inmóviles, de manera que las sustancias inmóviles serán tantas cuantas sean las esferas celestes. De tal forma, Aristóteles admite 47 o 55 inteligencias motrices, correspondientes a las 47 o 55 esferas celestes del sistema geocéntrico que por entonces estaba consolidándose. La oscilación del número se debe a la disparidad de parecer entre los dos grandes astrónomos contemporáneos de Aristóteles, Eudoxo y Calipo, cuyas doctrinas son ligeramente modificadas por el filósofo. En esta doctrina de sustancias inmóviles e inteligentes Aristóteles veía una confirmación de la creencia tradicional de que los cuerpos celestes son dioses y que lo divino permea la naturaleza entera.

Biblografía

N. Abgano, A. Visalberghi. (Ed.). (1964). Historia de la Pedagogía Turín, Italia Editorial Fondo de cultura económica Pag, 93-94

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