domingo, 9 de abril de 2017

Sócrates






Vida y muerte de Sócrates

Sócrates vivió de 470 al 400 a.C. y justamente en la época del esplendor ateniense. Fue maestro de Platón y por éste se conoce su carácter y su pensamiento.

No escribió ningún libro, razón por la cual es difícil interpretar lo que de él se escribió, a raíz de su muerte. Por Platón conocemos un Sócrates idealizado, y por Jenofonte ciertos datos históricos.

Son famosas sus enseñanzas en las plazas públicas, en continuo diálogo con sus discípulos, discutiendo temas filosóficos, especialmente de tipo ético. Su oposición con los sofistas fue radical.

Fue condenado a muerte acusado de corromper a la juventud y de no creer en los dioses de la ciudad. En la Apología de Sócrates, escrita por Platón, se detallan los detalles del proceso y de la muerte de Sócrates. Transcurrió un mes desde el momento de la sentencia hasta el día de la ejecución, y en ese tiempo sus amigos le propusieron un plan para fugarse de la cárcel e ir a vivir lejos de Atenas. Respondió que ese acto equivaldría a una injusticia contra las leyes de la ciudad, y que, por lo tanto, prefería la muerte. Además, según se relata en El Fedón y en el Critón (obras de Platón), estaba convencido de que la muerte era el inicio de una nueva vida, puramente espiritual, y, por lo tanto, llena de felicidad, para aquellos que habían buscado la virtud en vida. Bebió, pues, la cicuta, y con su muerte serena, dio testimonio existencial de las ideas profesadas durante su vida.


El método Socrático

A base de preguntas que obligaban a sus discípulos a pensar por cuenta propia y encontrar la solución a los problemas principalmente de índole moral, Sócrates sostenía con sus amigos y conocidos un diálogo lleno de ironía y de sana e inteligente intención pedagógica.

El mismo llamó a su método, mayéutica, que significa “parto espiritual”, y se comparaba con su madre, que era partera. En efecto, su labor pedagógica, consistía, no tanto en enseñar, sino en lograr que sus discípulos reflexionaras y extrajeran, por sí mismos, sus propias ideas, con la ayuda del maestro.

Comenzaba afirmando “solo sé que no sé nada”, para luego burlarse irónicamente del interlocutor que presumía saberlo todo. Con sus preguntas lograba, primero, hacer caer en contradicciones a su discípulo, y, enseguida, de un modo positivo, lo iba conduciendo, siempre, a base de preguntas, por el camino de la verdad.

También es propio de la actitud socrática la preferencia casi exclusiva por el tema del hombre, de su conducta, su bondad y su felicidad. “Conócete a ti mismo”, era el lema del Oráculo de Delfos, que Sócrates acostumbraba repetir, para llamar la atención sobre la importancia del conocimiento personal, en contraposición al conocimiento del mundo externo, que había sido el tema de los filósofos antes de él. Debido a esto, Sócrates es considerado como el fundador de la Ética.


El concepto y la inducción

El relativismo de los sofistas fue el mayor enemigo de Sócrates. Tratar de llegar a una definición universal, es decir, a un concepto con validez para todas las cosas y todos los sujetos, era la meta que se proponía Sócrates en sus diálogos públicos. Su mayor esfuerzo consistía en sacar a sus interlocutores del plano puramente sensible y accidental; las propuestas de éstos, inicialmente, se quedaban en los ejemplos concretos, y no acertaban a remontarse hasta la esencia, que es universal, independientemente de los casos singulares en los cuales pudieran constatar o no.

Así, por ejemplo, al preguntar por la justicia o la bondad, la primera respuesta solo hacía referencia un caso concreto de una persona que poseía tales virtudes. La insistencia de Sócrates, lograba al final, la captación de la esencia de esa virtud, con validez universal. Es dato curioso que, en algunas obras de Platón, en donde se relatan estas discusiones socráticas, no se llega a ninguna conclusión, y los interlocutores se despiden prometiendo una nueva sesión para continuar la elucidación de tan arduo problema.

En síntesis: Sócrates aparece como el pensador que de un modo expreso trata de llegar a la esencia de las cosas (principalmente a las que se refieren al tema moral, como las virtudes). Ese proceso, que aparte de lo singular llega a lo universal, es la inducción. Dicha esencia es pensada en un concepto y se expresa en una definición. He aquí las bases para el conocimiento universal y necesario, característica propia de lo científico.

De esta manera, con la universalidad del concepto, en cuanto que se aplica a todos los seres humanos de la misma especie, y también en cuanto que es inteligible para todo sujeto con uso de razón, Sócrates da un duro golpe al relativismo de los sofistas.

Teoría acerca de la virtud

Pocas tesis pueden sacarse en limpio en el pensamiento socrático. Y no solo porque es difícil distinguir la aportación de Platón y lo propio de Sócrates, sino también porque en la mentalidad socrática aparece como en proceso de esclarecimiento.

Sin embargo, acerca de la virtud, destaca la curiosa identificación con la ciencia. La virtud es lo mismo que la ciencia del bien. Asimismo, el vicioso lo es sólo por ignorancia. Dicho de otra manera, un conocimiento que no logre ordenar en el propio sujeto los impulsos sensibles, no merece llamarse ciencia.

La cadena de injusticias

Se ha atribuido a Sócrates un cierto utilitarismo (y hasta un hedonismo), en su doctrina moral. Son inseguros los pasajes que lo confirman. Me parece más adecuado entresacar un pensamiento que predicó en vida, y selló con su muerte. Es la famosa tesis según la cual “más vale sufrir una injusticia que cometerla”. Se trata de un aforismo de altísimo valor moral. Lo corriente es la aplicación de la ley del talión: Ojo por ojo, diente por diente”. Pero Sócrates insistirá en que el valor moral debe cortar esa cadena de injusticias.

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